La Tierra comenzó su
formación a partir de la "Nebulosa Solar",
constituida por hidrógeno y helio, tal vez hace
unos cinco mil millones de años. En un comienzo
ella estuvo muy caliente y se estima que hasta hace
100 millones de años, aún tenía
una temperatura de unos 5.000 grados Kelvin. Durante
este tiempo comenzó a formarse su estructura
en capas, con un núcleo que ahora representa
un tercio de su masa, un manto caliente y una corteza.
El proceso no ha terminado y aún continúa
evolucionando. Los terremotos y las erupciones volcánicas
son una demostración de ello. Sus placas superficiales
continúan moviéndose y los continentes
siguen cambiando de forma y las mismas rocas están
continuamente erosionándose, reformándose
y reciclándose.
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En
esta evolución los volcanes nos presentan
una interesante y espectacular conexión
entre el interior de la Tierra y su superficie.
Como resultado del movimiento de las placas tectónicas
y los movimientos convectivos profundos en el
manto de la Tierra, se acumulan a muchos kilómetros
bajo la superficie, rocas fundidas llamadas magma,
a una temperatura que aún sobrepasa los
1.400° C. En este proceso se han formado cámaras
separadas de magma caliente, que por cientos de
miles de años, han permanecido enfriándose
y cristalizando bajo la costra que en más
fría.
Por qué explotan
Muchos de los cristales que precipitan
de este material fundido, contienen poco agua,
o simplemente son anhídridos.
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En esta forma, el contenido de agua que va quedando
en el fundido, va aumentando en su concentración.
Eventualmente en la mezcla, el agua alcanza el nivel
de saturación, y por ello en la magma comienzan
a formarse burbujas de vapor. Son estas burbujas las
que aumentan la presión dentro de una cavidad
cerrada. Llega así un momento en que la mezcla
alcanza una sobrepresión tal, que presiona sobre
la corteza de la Tierra, fracturándola y arrojando
hacia la superficie la mezcla de magma y burbujas: "un
volcán entra en erupción".
Otras veces una cámara de magma vecina, inyecta
su contenido en otra cámara primitiva, lo que
también hace que aumente la presión de
la primera, hasta llegar a fracturar la superficie.
En uno u otro caso, se inicia una erupción.
Es así como el reservorio de magma puede estar
a una profundidad de 7 a 10 kilómetros bajo la
superficie de la Tierra, y para abrirse paso, quiebra
esta a través de un pasaje central o conducto
cuyo diámetro puede variar entre diez a cientos
de metros.
En
la medida que el magma viaja hacia la superficie,
el tipo de erupción puede variar entre
una fuerte explosión o un simple deslizamiento
del magma por la ladera del volcán. Todo
depende de la cantidad de vapor de agua y otros
gases disueltos en el magma. En la medida que
estas rocas fundidas (magma), viajan hacia la
superficie, la presión va disminuyendo
y los vapores forman burbujas. |
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Si el gas se escurre gradualmente, la lava puede fluir
por la ladera del volcán en forma lenta. Pero
si el gas queda atrapado en el magma hasta cuando éste
alcanza la superficie, al salir, resulta una enorme
explosión. En realidad es como una botella de
champagne: si la presión interior es liberada
bruscamente, salta el corcho y se forman las burbujas
con una abundante espuma. En cambio si la botella se
abre gradualmente, el líquido y las burbujas
salen armónicamente. En el caso del champagne,
es bueno que salte el corcho y produzca un estallido.
Ello produce alegría, pero para el caso de los
volcanes, esto puede ser intespectivo y desastroso (fig.
2).
Dentro de la cámara en que está contenido
el magma, la presión puede ser 1.000 veces superior
a la presión atmosférica, lo que lleva
a un aumento del volumen del gas en un factor de 100
a 1.000, dependiendo del diámetro del surgidero.
De esta dinámica depende la intensidad de la
erupción (Science, N° 7, 1996, pág.
20).
Volcanes violentos y volcanes encurridizos
Los volcanes son veleidosos. A veces eructan suavemente,
como quien aprieta un tubo de pasta de dientes. Pero
otras veces la explosión puede ser violenta e
inesperada, produciendo grandes daños. Más
aún, el mismo volcán después de
un tiempo de calma, puede tener erupciones diferentes,
ya sea escurriendo el magma o explotando. Los volcanólogos,
a pesar de lo mucho que han estudiado el proceso, aún
no son capaces de predecir una erupción, ni tampoco
la forma de ella. Sin embargo algunos son optimistas
ya que creen que con sus estudios, algún día
se podrán predecir las explosiones, o provocarlas
gradualmente, según convenga para prevenir daños
y muertes.

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Desgraciadamente
sus estudios tienen que basarse sólo en
información indirecta. Nadie ha podido
hacer un corte de un volcán y ver qué
sucede en su interior. Hasta ahora se basan en
modelos computacionales, cuyos datos a su vez
se basan en muchas presunciones. En 1993 el geofísico
Alex Proussevich y Drok Sahagian de la Universidad
de New Hampshire, Durham, publicó un sofisticado
modelo (New Scientist, Octubre 26, 1996, pág.
28). Sus ecuaciones demuestran en detalle lo que
muchos investigadores ya sospechaban: "la
viscosidad del magma es crucial".
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Para que escape el gas, este debe expanderse a través
del magma y acumularse en burbujas. Pero para formarse
y crecer, las burbujas tienen que presionar sobre las
paredes, del grueso y viscoso magma. A mayor viscosidad,
más difícil es que se formen y crezcan las
burbujas. El gas queda atrapado dentro del magma hasta
tal punto que llega a explotar hacia la superficie. Por
el contrario, si el magma es poco denso, las burbujas
crecen y se mueven fácilmente en el líquido.
Como resultado, el gas sale y se disipa rápidamente
fluyendo a través de las laderas del volcán.Estos
mismos investigadores han perfeccionado su modelo y dicen
que pueden estimar cuánta ceniza y rocas lanzará
el volcán, como también otras variables
como la velocidad y duración de la erupción.
Proussevich dice: "estamos muy cerca de llegar a
predecir la erupción y el estilo de ella".
Para tener un modelo preciso se requiere mucha y muy
acuciosa información. Varios laboratorios están
trabajando para medir la viscosidad del magma, basándose
principalmente en erupciones pasadas. Así, por
ejemplo, Dong Dingwell y sus colaboradores de la Universidad
de Bayreuth en Alemania, funden en hornos muestras de
rocas y miden su viscosidad acuciosamente.
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Otros tratan de determinar el tamaño
de las cámaras donde se acumula el magma,
y otros en fin estudian la formación
de sus cristales.
A pesar de estos esfuerzos, aún quedan
muchas preguntas que resolver y una de ellas
es cómo se forman las burbujas y cómo
el magma al interior del volcán, cambia
de un líquido burbujeante a un explosivo
de rocas y cenizas.
A este proceso, que no está bien conocido,
se le ha llamado fragmentación. Hasta
ahora los geólogos lo discuten y en realidad
no conocen los detalles de cómo sucede.
En la medida que los vapores de agua van agrandando
las burbujas, menos moléculas de agua
quedan disueltas en el magma, haciéndolo
más denso y pegajoso.
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Por otra parte, la sola presencia de burbujas hacen
que el magma sea más viscoso, tal como sucede
al batir las claras de huevos. Finalmente, la fuerza
de las burbujas que están creciendo, llega a
exceder la fuerza del magma que las rodea. La espuma
del magma, ahora demasiado rígida, mezclada con
las nubes de ceniza y gas, erupcionaría a la
superficie, con una enorme fuerza y velocidad.
Pero ¿cómo se fragmenta realmente el
magma?. Una teoría alternativa sugiere que los
líquidos pueden algunas veces actuar como sólidos.
Así por ejemplo, el vidrio, aunque muy lentamente,
fluye como líquido, pero también puede
fragmentarse si uno lo golpea. Pero ¿qué
es lo que podría fragmentar el magma?. Una posibilidad
es la repentina y rápida expansión de
las burbujas, debido a una brusca caída de la
presión.
"Si
es que el magma se quiebra como un sólido,
sería relativamente fácil predecir
las condiciones necesarias para una erupción
explosiva", dice Dingwell. Lo quebradizo
sería función de la viscosidad,
lo que podría culparse a partir de la temperatura
y la química del magma. Estos datos podrían
revelar cuánto y cuán rápido
tendría que deformarse el magma para fragmentarse.
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Es algo que los investigadores han estudiado a través
de remanentes microscópicos de burbujas de pasadas
erupciones. En todo caso, cualquiera que sea el mecanismo
que produce las grandes explosiones, lo crucial es la
cantidad de gas que existiría en el magma. Mientras
más gas, más alta es la posibilidad de fragmentación
y explosión. Esta diferente cantidad de gas, que
puede variar en un determinado bolsón de magma,
puede explicar por qué algunos volcanes a veces
explotan violentamente y por qué en otras ocasiones
en el mismo volcán, la lava fluye por sus laderas.
Desastre o diversión
La verdad es que aún falta mucho por conocer.
Sin embargo Proussevich cree que llegará el día
en que los volcanes podrían controlarse. El visualiza
que sería posible abrir túneles en la
tierra, a unos pocos cientos de metros y alcanzar el
bolsón de magma por un costado, disminuyendo
así la presión de unos 2 o 3 kilómetros
de montaña. Esto permitiría descomprimirlo
gradualmente, meses o años antes de que se produjera
la erupción espontánea. En esta forma
se controlaría la situación y e podría
prevenir con tiempo a la población, para así
evitar desastres mayores. Otros científicos tienen
sus razones para pensar que la cosa no es tan sencilla.
Por ahora sólo tenemos que observar qué
nos depara cada erupción de cada volcán,
la que puede ir desde un lindo espectáculo, como
una atracción turística, a un tremendo
desastre, no sólo local, sino que, también
llegando a producir cambios en nuestra atmósfera,
como sucedió con el volcán Pinatubo, a
que se atribuye que sus cenizas hayan contribuido a
enfriar la Tierra.